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EL SOL (CARTA 1)

  • Foto del escritor: Arely Judith Severiano Lopez
    Arely Judith Severiano Lopez
  • 10 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

Comencemos. Nuestra primera carta es:

EL SOL

En esta historia verás que el amor no siempre llega en la forma que queremos. A veces llega como una luz que ilumina la vida de una mujer que se sentía desahuciada.

Todo comienza un 17 de diciembre, en la iglesia de San Francisco, en pleno corazón de Pachuca. Muy cerca del atrio, una joven llora. Lleva más de una hora sentada, incapaz de respirar bien. El llanto le ha entumecido el rostro. El moco fluye y se siente desolada.

Cuando siente que alguien se acerca, se limpia con la manga, se levanta rápido y camina hacia una imagen vestida de blanco, con destellos rosas y azules. Decide hablar con él, o con lo que ella cree que representa esa figura divina. No hay gritos, pero sí reclamos.

—Estoy cansada de ti. Se supone que eres omnipotente y estás en todos lados, ¿por qué no haces algo para que no esté sola? Me siento como un perro sin hogar, con un frío en el alma que no puedo parar.

Se cubre el rostro con las manos.

—Me porto bien, ¡qué carajos te pasa! Ya me cansé de una familia para la que solo soy un cajero. De amores a medias. De hombres que solo quieren pasar el rato. Si no eres capaz de poner en mi camino lo que necesito, yo lo haré. Y lo haré mejor que tú.

Hubo silencio. Uno profundo, como si la iglesia contuviera el aliento.

—Te he llorado por años. Solo te pedí una cosa: amor. Una ilusión. Un instante de felicidad.

Y entonces lo dijo:

—Te doy un año. Tienes un año para darme una razón para seguir viva. Porque si en aquella ocasión no pude acabar conmigo, la próxima vez lo haré. No tengo nada que me ate a esta vida.

Andrea, esa joven, había intentado todo. Dejar abiertas las llaves del gas. Cortarse las venas. Saltar desde un puente. Aquella vez casi lo logra, pero recibió una llamada de Alfonso. Esa voz, ese gusto culposo, fue lo que evitó su caída.

Alguien había escuchado su soliloquio desesperado.

—Cuidado, niña. No digas esas cosas. No retes a Dios, a la vida o al karma.

—No soy una niña. Y ya me cansé de todo esto.

—Solo no lo retes.

—No se meta. Ya me harté de no recibir lo que merezco.

—Todo llega a su momento. Retar al destino no trae nada bueno.

—¿Y usted cómo lo sabe?

—Ven conmigo. Te tiro las cartas y ya tú verás lo que haces con lo que veas.

—No puedo confiar... no la conozco.

—Me llamo Blanca. Leo las cartas. Vivo aquí cerca.

Andrea, sin saber por qué, confió. Caminaron juntas hacia una casa en la calle Cuauhtémoc. Al entrar, Andrea sintió frescura y una paz que la desconcertó. Blanca la guió hasta una mesa de cristal cubierta con una tela roja aterciopelada. Encendió un cigarro, colocó un vaso de agua y comenzó el ritual.

Andrea barajeó las cartas mientras repetía:

—Por mi presente, por lo que pienso, por lo que quiero saber y lo que me espera.

Blanca fue colocando las cartas, una a una. Andrea sentía su corazón acelerado. Las palabras de Blanca parecían cuentos que no conocía pero que sentía suyos.

—Hay un hombre... moreno. Va a marcarte.

—Ya me han marcado varios —dijo Andrea, intentando sonreír.

—Este es diferente. No es él lo que importa, sino lo que traerá.

Blanca volteó una carta más. Sus ojos brillaron.

—Aquí está... El Sol. No viene en forma de hombre. Viene como una nueva alma. Una luz inmensa que te hará volver a la vida.

Andrea sintió un escalofrío. No sabía si reír o llorar. Saldría de ahí sin respuestas, pero con una semilla de esperanza.

Dos meses después, Andrea conoció a Damián. Era un abril caluroso. Él llegó al trabajo ofreciendo servicios de cancelería. Era simpático, ingeniero industrial, con chispa. Intercambiaron teléfonos. Al poco tiempo, los mensajes se volvieron diarios, luego llamadas, luego encuentros.

La relación fue intensa. Andrea se permitió volver a soñar. Su lado cursi floreció. En su primera cita vieron dos películas: El viaje más largo y Una noche para sobrevivir. Entre risas, miradas largas y silencios que lo decían todo, creyó que por fin estaba recibiendo el amor que había pedido.

Pero el destino es irónico. En diciembre, a Damián le ofrecieron trabajo fuera de la ciudad. Le pidió a Andrea que se fuera con él. Ella, llena de dudas, no aceptó. Su mamá, sus miedos, sus razones. Lo dejó ir.

En mayo, Andrea se enteró del embarazo. Le avisó a Damián, pero él respondió con preguntas, no con acciones.

—¿Estás segura de que es mío?

Andrea sintió que el alma se le partía. En ese momento entendió que no podía esperar nada de él.

Recordó a Blanca. Recordó la carta. El Sol.

Y así, en medio del abandono, decidió amar esa nueva vida con todo lo que tenía.

El 16 de agosto de 2016, bajo la lluvia, entre caos y nervios, nació Emilia. Un pequeño sol. Una luz inmensa. El verdadero amor.

Andrea supo que no era el amor de un hombre lo que pedía. Era esto. Era ella. Emilia. La razón para quedarse.

*

Y así terminamos esta primera historia, marcada por la carta de El Sol. A veces la vida no nos da lo que pedimos, sino lo que necesitamos. A veces no llega quien nos rescate, sino quien nos enseña a rescatarnos.

Y a veces, el amor no viene con flores ni promesas, sino con llanto, leche tibia y manitas pequeñas que se aferran a nuestro pecho.

Esa fue la historia de Andrea. De su caída. De su luz. De su renacer.

El Sol nació un día de lluvia. Y nunca se fue.

 
 
 

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